Buena vecindad en Lavapiés

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Comunidad

Buena vecindad en Lavapiés

Por Mi_Nueva_Edad, | 12 Septiembre, 2018

Hace unos días hablamos del tan en desuso concepto de buena vecindad. Hoy queremos contaros una historia que aún en estos tiempos en los que estamos más lejos y más cerca a la vez, gracias a las redes sociales, se presta como ejemplo de aquello de lo que no deberíamos distanciarnos para mantenernos como una sociedad sana. Es la historia de Rosa, de Mercedes y de Fernando, dentro de la comunidad del castizo barrio de Lavapiés en Madrid, dos mayores y un joven que se ayudan y dan cariño y hacen la labor que quizás los servicios sociales no pueden hacer: aliviar la soledad.

Un simple gesto 

Salir a pasear con alguien que lo necesita, o subir la compra a su casa a una persona mayor puede suponer mucho más de lo que te puedas imaginar.

Fernando es un camarero murciano de 30 años que trabaja en el barrio de Lavapiés de Madrid. Cuatro años lleva trabajando en el mismo bar, todo un record según nos cuenta entre risas.

Desde que empezó en su puesto de trabajo, un bar con solera que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, observó con curiosidad como acudían desde hipsters a abuelos y abuelas que habían desayunado o tomado una caña o un vinito toda la vida.

Entre muchos y muchas, llamaban la atención Mercedes y Rosa. La primera, nonagenaria, se valía de un bastón y con mucha dificultad era ayudada cada día y sostenida por Rosa que rozaba los ochenta.

Las dos eran vecinas de sendos pisos antiguos sin ascensor. Rosa decía que no podía permitir que Mercedes hubiera días que no bajara a la calle, porque su hijo no siempre podía asistirla, y se diera su paseo, que eso alargaría sus días de independencia y autonomía.

Las dos llegaban, se sentaban en su mesa, charlaban y en una hora volvían a marcharse. Fernando cuenta que se convirtieron en dos de sus clientes favoritas, la una por su evidente bondad y la otra por su gracejo con mucha mala leche.

Ahora Mercedes casi no se la ve por la calle, con más de noventa años la artrosis le está limitando definitivamente la movilidad y “se la echa de menos”. Pero la que empezó a preocupar más a Fernando fue Rosa. En apenas un año su deterioro físico se ha hecho más patente y todos los días se la ve con sus bolsas de la compra y su perrito, pero sin Mercedes.

La gran diferencia es que Rosa no tiene familia y todo se lo tiene que gestionar sola. Por eso Fernando decidió ofrecer a Rosa su ayuda y subirle las bolsas de la compra los terribles cinco pisos hasta llegar a su casa.

A pesar de la resistencia inicial de Rosa porque “yo siempre he sido una mujer independiente que he hecho lo que me ha dado la gana. He sido secretaria de un ministro, psicóloga y abogada sin ejercer porque me di cuenta de que yo no me vendía”, Rosa se deja ayudar por él y por otros vecinos que trabajan en el bajo de su edificio en una productora.

Para Fernando el trabajo no estará del todo hecho hasta que Rosa no ceda y contrate a alguien para que la asista en casa con las tareas del hogar. "Rosa es muy testaruda", dice Fernando, pero cree que entre él y otros compañeros están a punto de convencerla.

Esta pequeña y sencilla historia demuestra que aunque el concepto de buena vecindad está cada vez más devaluado y cada vez son más los que miran hacia otro lado cuando ven a personas, sobre todo mayores, al borde de la exclusión y en soledad, todavía es pronto para pensar que hemos perdido para siempre la esperanza. Como defendía el experto en servicios sociales Gustavo García, son los propios servicios del estado los que deberían potenciar este tipo de actitudes colaborativas.

La buena vecindad como parte importante de la solución a la exclusión social sobre todo de las personas mayores, es una práctica que debería ser potenciada desde los servicios sociales. La comunidad de vecinos puede ser clave para evitar también la soledad.

 

Imagen: Vecinos de Lavapiés, Madrid (tuhobbietuviaje.com)

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