La mirada que respira de Víctor M. Pérez Benítez

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La mirada que respira de Víctor M. Pérez Benítez

Por Jose Carlos Rodrigo Breto, | 05 Marzo, 2018

Título: La mirada que respira

Autor: Victor M. Pérez Benítez

Editorial: Libros ENCASA

Número de páginas: 129

Año: 2017

La mirada que respira versos y recuerdos

El pasado 23 de febrero el poeta Victor M. Pérez Benítez presentó en Motril, su localidad natal, el libro de memorias La mirada que respira. Digo bien, poeta ante todo, porque Victor M. Pérez Benítez acumula una dilatada carrera poética, que ahora acaba de apuntalar con este libro de recuerdos de infancia, escrito con un delicado pulso lírico y mucho saber hacer porque, al final, la literatura se trata de eso: de saber hacer.

La mirada que respira es la de un hombre cercano a los sesenta años que nos cuenta su infancia. Visto así podría parecernos un libro de memorias más, pero Victor hace trampa. Porque juega con ventaja, con la ventaja privilegiada de su prodigiosa percepción lírica. Es decir, que es capaz de contemplarlo todo filtrado con un tamiz poético. Es un tahúr de la escritura, porque de esa forma consigue acercarnos aquella época del primer televisor en color, del Tour de Francia ganado por Ocaña en el año 73, del primer automóvil de su padre, de las andanzas escolares…, todo ello, retratado con los ojos y la pluma de un hombre que se siente poeta.

De esta forma, el libro destila una prosa pausada y contenida que en algunos momentos me ha recordado al Gabriel Miró de Años y leguas, y he visto en la figura infantil de Víctor un trasunto de ese Sigüenza mironiano, tal vez por la intensidad de su percepción de la realidad, tan cargada de matices que parece dibujada en cuadros repletos de sol y luz.

Así es, La mirada que respira no deja de ser un libro de recuerdos, de las vivencias normales de un chaval andaluz, pero es esa luminosidad poética la que lo convierte en algo diferente. Son recuerdos, y cuando se recuerda inevitablemente se ficcionaliza. Al separar lo que deseamos narrar de lo que no, estamos realizando literatura, porque tan sólo decidimos mostrar una parte de aquello que nos sucedió: la que necesitamos contar.

De esta forma, y desde aquella falsa autobiografía del Lazarillo de Tormes que todos tomaron, durante siglos, como cierta, los libros de memorias se han movido a horcajadas sobre la fina línea que separa la verdad de la ficción. Por eso, a Dante le preguntaban cómo había sido su descenso a los Infiernos cuando se lo encontraban reposando en la vereda de un camino, lamentando su exilio. Por culpa de estos autores, y de muchos otros, debemos acercarnos a la autobiografía con cierta precaución. Yo, desde luego, la llamo ficción autobiográfica. Y así quiero calificar a este trabajo tan especial.

Indudablemente, Victor M. Pérez Benítez ha vertido en las páginas la verdad, o al menos lo que él entiende como su verdad. Una verdad literaria brillante, casi cegadora, pero adornada con quilates de poesía. No puede ser mejor, para un autor, que escribir una obra en donde se alberga una verdad literaria. Un trabajo literario será de calidad en tanto que mantenga en su seno una verdad literaria, oxímoron delicioso, puesto que la literatura, como dijo Vargas Llosa, es la verdad de las mentiras. Pero en aquello que Víctor miente…, miente muy bien.

La primera falacia amable es presentarnos un texto en forma de narrativa que está más cerca de la prosa poética, de la propia poesía en sí, que de cualquier otro género. A Víctor los recuerdos se le vuelven dulces y sabrosos, repletos de sol, entre aromas de cañaverales y periódicos viejos, manchados con la tinta del pasado. Simplemente, su visión poética de rayos x se le apodera, de una forma tiránica y gozosa.

El libro es un receptáculo de recuerdos, pero además es un compendio de aquellos escritores que han marcado la personalidad del autor. Por encima de ellos aparece Benedetti, pero también cita a Rilke, a Faulkner o a Bukowski y su “pájaro azul”, porque Víctor sabe muy bien en dónde se ubica el espíritu de la escritura: en algún lugar entre el cerebro y el corazón.

Y nos sigue engañando, porque de repente brotan versos, los versos de algunos poemas suyos que intercala para ilustrar la narración como si nos mostrara unos cromos impresos en la tricromía arcoíris del poeta. Estamos ante un narrador simbólico que la mayoría de las cosas que nos cuenta sirven para remachar la tesis fundamental que se desprende del libro: la vida es avanzar. Todo es camino, empinado y esforzado, para poder ganar una posición de calma desde donde poder otear, de un vistazo, y contemplar satisfecho lo que se ha sido, también lo que se es, y es muy probable que, incluso, lo que se llegará a ser.

Desde ese lugar, en las alturas, Víctor se convierte en un Caspar David Friedich poético. Un escritor que, al igual que se muestra en el cuadro del pintor alemán El caminante sobre el mar de nubes, despliega su mirada que respira y es capaz de disolver las brumas del pasado y alcanzar más allá de las inseguridades que nos traen las nieblas de la memoria.

Hay toda una teoría del esfuerzo y de la escalada aplicada al devenir vital, desde los escalones de la subida a casa, pasando por las cumbres del Tourmalet, las partidas de ajedrez o el examen de selectividad. Son todas ellas las etapas de un mismo anhelo: vivir con esfuerzo para poder aprovechar esas pequeñas treguas benedettianas, que el autor entiende como los momentos en los que se sienta a escribir. Porque escribir es recordar.

Victor M. Pérez Benítez nos trae un tratado de la vida con ojos poéticos, un libro de instrucciones plagado de reflexiones y con algunas certezas que muy bien podrían resumir el espíritu de este texto, de La mirada que respira poesía. Pero no es un intento de comprender el pasado, porque tal y como asegura “conforme transcurre la vida, se dejan de entender unas cosas y se empiezan a comprender aquellas que no se entendían”. Una buena advertencia para todos aquellos que hemos entrado en la cincuentena con un puñado de verdades y un saco repleto de interrogantes.

Escribir es un acto de coraje y valentía, nos dice, y con ese arrojo se ha enfrentado el poeta a su pasado, lo ha pulido hasta convertirlo en algo cargado de ciertos componentes de realismo mágico a la granadina, de ribetes azorinianos y con unamuniana carga filosófica. Esto se puede resumir en una de las poesías del autor que aparece en el texto y que nos habla de los gusanos de seda. Esos gusanos de seda son la infancia, pero también significan el paso del tiempo en las hojas de morera que roen, y cuando eclosionan, se nos presenta otra metáfora más del paso de esta vida consistente en cumplir estaciones hasta alcanzar la edad adulta.

Los que no somos privilegiados como Víctor, extraviamos la mirada infantil al llegar a ese momento. Él se ampara en su poesía, en su forma de percibir a un niño correteando eternamente entre los cañaverales como un guardián entre el centeno, un eterno enfermo del complejo de Peter Pan que ha elegido la escritura para mantener los ojos fijos en la infancia, aunque los párpados ya sean de adulto.

Así que todo radica en la vista, en esa mirada que respira. Respira versos. Y es capaz de hacer de una autobiografía un libro de poemas sin escribirlo en versos, y de la vida todo un poema de arquitectura solar y palabras envasadas en bolsistas de azucarillos que debemos añadir al café amargo de nuestras existencias. Sólo así ganaremos esta batalla que Victor M. Pérez Benítez ha doblegado con la recuperación de la memoria que siempre viaja colgada de sus versos.

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