Music Has No Limits o el asombro como una de las bellas artes

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Cultura y Ocio

Music Has No Limits o el asombro como una de las bellas artes

Por Jose Carlos Rodrigo Breto, | 05 Febrero, 2018

La noche de 31 de enero, igual que después se ha venido repitiendo durante las cuatro primeras noches de febrero, una hermosa voz congeló la respiración y detuvo los corazones cuando, sobre el escenario del Teatro de la Luz Philips Gran Vía, cantó el aria de Puccini titulada O mio bambino caro. Y de repente, como si la música se quebrase para acceder a otra dimensión, que aceleró la respiración de los espectadores, se fusionó con la guitarra salvaje de Sweet Child O’ Mine de Guns N´ Roses.

Este es el principio del show de Music Has No Limits, un espectáculo que arranca movilizando las sensaciones del espectador. Los asistentes atraviesan por el arrobo de la lírica, asisten al asombro de su viraje al rock duro, y se exaltan con las piezas de funk y power music. En esto consiste una de las propuestas más originales que pueden verse actualmente sobre las tablas. Esa entrega de Puccini, para después ofrecernos los acordes nerviosos de Slash, es una invitación a montarnos en la montaña musical del ritmo. Así, durante un par de horas de bocas abiertas, ojos como platos y gestos de admiración.

Son diez artistas entregados a una misión, tejer un patchtwork sonoro en donde se alternen algunas de las mejores canciones de la historia de la música, con independencia de su estilo. En esa cálida almazuela conviven en armonía los elixires de la ópera con el espíritu de Michael Jackson, la locura de Queen con el ritmo callejero de Bruno Mars, los amaneceres rave de David Guetta con los aromas a café y rones de Juan Luís Guerra, los gélidos teclados de Ultravox con el fervor de la sangre de Miami Sound Machine. ¿Y a qué suenan todos juntos? Pues suenan a maravilla, a júbilo, a recuerdos, en una palabra, a vida.

Es la vida encarnada en la música o la música que nos trae de la mano nuestras vidas, porque cada tema que aparece sobre la escena lleva una pequeña mochilita cargada de los recuerdos propios de cada espectador. Así, mientras en una butaca alguien se conmueve con Smooth Criminal porque le recuerda a la época en que acariciaba madrugadas bailoteando en las discotecas —por cierto, tiene que volver a salir de nuevo, se merece divertirse un poco—, otra persona, algo más allá, a duras penas contiene lágrimas de emoción porque recuerda ese video clip espectacular que veía una y otra vez en compañía de su hermano mientras traban de imitar, sin ningún éxito, el moonwalk —¿cómo es posible que haga tanto tiempo que no queda con su hermano?; sin falta, en cuanto salga del teatro—.

El piano estremecido que marca el comienzo del Bohemian Rhapsody de Queen consigue que alguien recuerde aquella legendaria actuación de Mercury y los suyos sobre el escenario del Live Aid, y un matrimonio algo talludito renueva su amor rememorando aquellas fiestas en donde esa canción se mezclaba con el olor a cerveza, abrazos y besos.

El poder de los músicos de Music Has No Limits radica en el equilibrio sorprendente que colocan sobre el escenario. Son como esos ilusionistas de los platos que se bambolean sobe unos palos, dando vueltas sin caerse nunca: las cuerdas de un violín y un violonchelo entablan una poderosa conversación con los elementos de un power trio de guitarra, bajo y batería, mientras el piano, cantarín y eltoniano, ejerce de cristalino maestro de ceremonias.

Pero todo ello no estaría completo sin el ensalmo de tres voces femeninas que trepanan el alma: una cantante lírica, una vocalista de funk, jazz y soul, y una garganta rockera. Entre las tres tejen una pegajosa red de matices en las que hemos quedado todos atrapados y de la que no podremos salir hasta que, con el demoledor número final, nos despertemos del sueño en el que nos han sumido.

Por nuestros oídos han desfilado el Smeels Like Teen Spirit de Nirvana y el Sweet Dreams de Eurythmics, Numb de Linkin Park, Bad Romance de Lady Gaga y Eye Of The Tiger de Survivor. Es una parada musical ecléctica y eléctrica, heterogénea en los ingredientes, pero ortodoxa en tanto que rinde tributo a los grandes clásicos.

Aquí no hay lugar para las medianías. Seleccionados en un gota a gota destilado por un experto perfumista sonoro, se desencadenan los éxitos revienta pistas, las composiciones que son número uno en nuestra memoria y en nuestro corazón; las canciones de amor, juventud, bravura y valentía que nos acompañan y nos animan, nos encorajinan, justo antes de acometer algún momento importante de nuestro día a día.

Es como la apertura de un frasco aromático en cuyas olas viajan los momentos más preciados y determinantes. Aquel Hymn de Ultravox que cantamos a voz en grito mientras agonizamos en el atasco cotidiano, ese Woman del Callao que bailamos con la desmesura de la desvergüenza en la fiesta que cambió nuestras vidas porque, allí, nos conocimos…, el Feel de Robbie Williams que solemos escuchar en esas mañanas que necesitamos un empujoncito extra, o aquella aria de ópera que consuela nuestras heridas, repara las cicatrices y abre las esclusas del corazón.

En esto radica la grandeza de semejante espectáculo. Bueno, en esto y en la ofrenda reverencial que los diez músicos de Music Has No Limits le hacen al público. Ellos lo saben muy bien. Saben que esas canciones que interpretan pertenecen a lo más recóndito de quienes ocupan las butacas, y con un respeto sagrado nos las entregan. Music Has No Limits devuelve la música al público.

Vaya que lo saben. Por eso, se descalzan del escenario para caminar entre las filas del patio de butacas, unirse a los asistentes y, sin detener la música, se nos acercan tocando incansablemente sus instrumentos; los arcos del violín y del violoncelo rasguean junto a nosotros. Y cantan, puntea la guitarra y retumba el bajo en un desfile dionisiaco, en un totum revolutum maravilloso que celebra el ágape de la vida.

Con esas canciones en nuestros bolsillos, o prendidas de la solapa como una florecilla luminosa, ya podemos abandonar el asombro teatral y reincorporarnos a nuestras rutinas. Sim embargo, vamos a descubrir que, mañana, durante la pausa para el café entre tarea y tarea, o mientras echamos gasolina, o acabamos de dejar a los niños en el colegio, de repente, nos asaltará una sonrisilla placentera porque somos como un pelícano de recuerdos y sensaciones: hemos atesorado en la bolsita de nuestra memoria los momentos deliciosos del show de Music Has no Limits.

Esos momentos que, ahora, rescatamos y volvemos a saborear de nuevo, haciendo de la manguera de la gasolinera una serpentina de colores, o de la taza de café un licor fosforescente; y los niños que se juntan con sus amigos a la puerta del colegio, bajo el eclipse de la influencia de Music Has No Limits que todavía nos late entre las costillas, son un pasacalles de carnaval que recorre las calles de Nueva Orleans en un confeti de alegría.

En Murcia, Logroño, Santiago de Compostela, Vigo, Roquetas de Mar, Málaga, A Coruña, Albacete, Cáceres, Badajoz y León, están de suerte: el espectáculo total de Music Has No Limits visitará esas ciudades a lo largo de febrero, marzo, abril y mayo… El grupo de rock sinfónico Rush firmó un legendario disco en directo que se titula All The World´s A Stage, es decir, todo el mundo es un escenario. Si vives en estas ciudades no dejes pasar este acontecimiento en donde diez músicos generosos se encargan de mostrar, una y otra vez, cómo todo el escenario es un mundo.

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