El abuelo: un relato sobre la eutanasia

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El abuelo: un relato sobre la eutanasia

Por Mi_Nueva_Edad, | 29 Mayo, 2017

Ana Cabezas, miembro de la comunidad Mi Nueva Edad, nos envía este precioso relato sobre uno de los temas más controvertidos a los que se enfrenta la sociedad moderna: la eutanasia. Vida, muerte, ética y moral. Así lo ve ella. Y tú, ¿cómo lo ves?

 

EL ABUELO

Cuando las sombras se adelantan al día, entro en la consciencia de mi inmovilidad, lo único que conservo de movimiento son mis ojos, mis parpados y mis cejas, con ellos intento comunicarme, gritar al mundo que aún esto vivo, que mi cerebro aún funciona, es lo único que me une a lo que fuí.

Fuera de esta habitación, está la vida, el movimiento, los olores más diversos, que hoy percibo con mayor intensidad.

¡Qué cosas se descubren cuando el cuerpo ya no te responde!

¡Ya empiezan a interrumpir mis pensamientos! De modo brusco corren las cortinas, mis ojos se cierran una y otra vez ante el haz de luz que les agrede.

Es Belén, la enfermera que como todos los días llega tan pulcra, tan bien planchada.

- Buenos días D. Ramón, ¿Cómo hemos pasado la noche? ¡Ea, vamos a cambiarle!

Siempre tengo la duda de si espera a que yo le conteste.

Y con una agilidad asombrosa me gira, me voltea, me empuja y me deja como mi madre me trajo al mundo.

- ¡Está usted estupendo ni una sola escara!

Y con ayuda de un energúmeno me pasan a la silla de ruedas. Me colocan debajo de una ducha de agua caliente.

¡Supongo por el vaho que veo! ¡Porque lo que es sentir, no siento nada!

Me secan con cuidado de no sacarme los cables que me dan vida.

Me llevan otra vez a la habitación blanca, vacía de alma y calor. Está junto al salón, donde dejan la puerta abierta para que siga los acontecimientos de la casa.

La mirada de Blanca me escandaliza, aunque ella me ve como un trozo de carne al que amasa con crema. En otro tiempo ella y yo podríamos haber disfrutado de nuestra desnudez. Me viste como a un muñeco de trapo. Me pasa la maquinilla de afeitar de manera rápida, con prisa, luego veo como me golpea la cara con un una loción que me cosquillea la nariz, se acerca con un peine y un frasco con el que me embadurna el pelo y un aroma floral inunda la habitación.

Comprueba que todas las sondas están en su sitio. Me arregla las ropas y me mira fijamente a los ojos.

-¿Don Ramón le pongo música? Y yo con un movimiento de ojos que ella entiende, me enciende la radio.

Y por la puerta abierta empieza a pasar mi familia.

Que con un ¡hola Papá!, o ¡cómo vamos suegro!, desaparecen y solo se oye el murmullo de la calle, la música de la radio y el lento latir de mi corazón.

Por fin llega mi nieto, me mira a los ojos.

-¿Abuelo, estás seguro de que quieres que lo haga?

Cierro los ojos en señal afirmativa.

-¡Sé que me lo habías dicho miles de veces, pero me duele en el alma perderte!

Vuelvo a cerrar los ojos con la furia que me da el querer acabar con el martirio en el que estoy. Se acerca, me acaricia y me besa, las lágrimas le corren por la cara. Coge su maletín y saca un frasco y una jeringuilla. Y en uno de esos botes que tengo unido a la sonda introduce el líquido que me hará libre.

Me dice, -¿Sabes que me tengo que ir?

Me vuelve a besar.

¡Yo no creo que cuando terminase la carrera pensara que un día tendría que ayudar a morir a su abuelo!

Cierra su maletín y desde los pies de la cama me manda su último adiós. Oigo cerrarse la puerta de la calle y un sollozo detrás de ella.

Cierro los ojos y una calma infinita me invade, los sonidos se alejan y los olores van desapareciendo y la música cada vez la oigo más lejana.

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